viernes, 4 de diciembre de 2009

Una sorpresa

El sargento regresa de la guerra de Iraq...


martes, 1 de diciembre de 2009

Gente Buena

Hace unas semanas que alguien me decía que la transmisión de valores estaba muy directamente relacionado con lo aprendido en el núcleo familiar en que se vive y con el nivel formativo y cultural de los padres. Yo no creo que exista una relación tan marcada, aunque si es cierto que ese nivel te permite definir mejor todos esos valores. Conozco gente muy poco instruida con una forma de vida encomiable, y también a personas con un buen nivel formativo que simplemente son unos miserables.

Cuando hablo de estas cosas, siempre me acuerdo de mi madre, una persona sin estudios, pero con gran valor humano que siempre intentó trasmitir a sus hijos. Y aunque ya hace tres años que desapareció, todo aquel conocimiento que me trasmitió para que intentara ser una buena persona me acompaña en mi vida como si fuera la primera vez que lo escuché.

En una sociedad que entroniza -con los hechos y con las referencias cotidianas que se nos proponen- el cinismo, la fama sin méritos, la ausencia de escrúpulos, la competitividad desmedida, la picaresca, el enriquecimiento rápido y a cualquier precio, la ostentación, la apariencia… cada vez me gusta más la buena gente. Las personas que nunca tendrán protagonismo mediático, pero que han abrazado durante toda su vida conceptos tan en desuso como la autenticidad, la buena educación, la honradez, el esfuerzo, el respeto o el hacer el bien.

Ésa es la verdadera nobleza. No se plasma en pergaminos ni en títulos aristocráticos. Pero a veces, sólo a veces, también resulta ser hereditaria.

Alguien dijo una vez: "solo muere quien deja de ser recordado". Yo lo creo así, a veces me acuerdo de toda aquella gente buena que conocí y que ahora ya no puedo disfrutar de su presencia. Personas que no se doblegaron en momentos difíciles de su vida. Y que siempre supieron mantener la fe y la creencia de que otro mundo mejor sería posible.

Y seguro que ahora cualquiera de vosotros también tenéis en este mismo momento, en vuestro recuerdo, a todas esas maravillosas personas que os acompañaron a lo largo de vuestra vida. Y es cierto "solo muere quien deja de ser recordado".



MOMENTOS FELICES
Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿no es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

Gabriel Celaya

domingo, 29 de noviembre de 2009

Jazz de sonoridad renacentista

Para los que no conozcan al músico aleman afincado en España, Andreas Prittwitz (saxofonista, trompetista, clarinetista, flautista...) Un Jazz con gotas renecantistas...




Canción de la lluvia

Acaso está lloviendo también en tu ventana;
Acaso esté lloviendo calladamente, así.
Y mientras anochece de pronto la mañana,
yo sé que, aunque no quieras, vas a pensar en mí.

Y tendrá un sobresalto tu corazón tranquilo,
sintiendo que despierta tu ternura de ayer.
Y, si estabas cosiendo, se hará un nudo en el hilo,
y aún lloverá en tus ojos, al dejar de llover.


José Ángel Buesa

jueves, 26 de noviembre de 2009

Amparitxu Gastón, la mujer que inventó a un hombre

PEDRO UGARTE 25/11/2009


A veces, cuando se van ciertas personas, parece que con ellas se va toda una época. Amparo Amparitxu Gastón, fallecida en Madrid ayer, 24 de noviembre, a los 89 años, fue cuatro décadas compañera de Gabriel Celaya, pero durante 18 años más preservó con fidelidad su obra y su memoria. El nombre de Amparitxu, y el del poeta extinto, ambos donostiarras (ella nació en San Sebastián un 15 de mayo de 1921), nos remiten a un tiempo en el que la poesía no fue algo históricamente más importante que otras veces, pero sí disfrutó de una engañosa y pasajera relevancia, la elevó ante los ojos del pueblo, y éste la utilizó para levantar banderas y alumbrar utopías. Quizá la poesía nunca ha sido necesaria, pero entonces consiguió parecerlo un poco.
Amparo Gastón firmó algunos libros con Celaya, pero sobre todo asumió el papel (bastante habitual en la biografía de muchos escritores) de ferviente compañera, intendente doméstica, agente, masajista y asistente hospitalaria. Como aquellas casas parroquiales en que una abnegada hermana dedicaba toda su vida a cuidar de un hermano sacerdote, la literatura española también ha estado salpicada de esposas, parejas o compañeras que tutelaban hasta el último día a escritores más o menos distraídos, que, gracias a ellas, tenían las espaldas bien guardadas y podían emprender ambiciosas empresas literarias pero que, en la vida real, no sabían por dónde les daba el aire.
Sin embargo, Amparitxu no sólo fue compañera. Jugó en la biografía de Gabriel Celaya un papel fundamental. Representó una ruidosa detonación, la detonación que cambió para siempre la vida de Rafael Múgica (el nombre real del poeta) y lo convirtió en alguien distinto. Es cierto que la marca Gabriel Celaya representa un acontecimiento totalmente singular en la historia de nuestra literatura: no es un seudónimo, es decir, la adopción utilitaria de otro nombre; ni un heterónimo, es decir, la fingida y literaria adopción de una nueva identidad. No, Gabriel Celaya representó en la vida de Múgica algo mucho más grande, algo distinto: la aparición de un hombre nuevo, y no ya en los papeles sino en la estricta realidad.

'Creó' a Gabriel Celaya
La responsabilidad de la creación de ese hombre nuevo corresponde a Maritxu Gastón. Quizás también por eso su papel difiere un tanto del de eterna acompañante de un escritor. A ella le corresponde un lugar fundacional en la vida de Celaya; es el núcleo que alumbró a un hombre diferente y lo ganó para la literatura.
El cínico mundo de las relaciones literarias está lleno de damas avispadas que embarrancan en las costas de un poeta y operan en sus aledaños como una codiciosa turba de vikingos. Son tantos y tan conocidos los nombres que no merecen particular recordación. Muchos de ellos ni siquiera merecen la estraza del periódico sino el couché que circula por las peluquerías. Pero el caso de Amparitxu no es, desde luego, uno de ellos. Ella no llegó en busca del expolio, ni se acercó a un poeta demenciado tentando sin recato un golpe de estado notarial. Se acercó, muchos años antes, a un hombre, y extrajo el poeta que llevaba dentro. Lo construyó ella misma, lo condujo a lo largo de los años, lo cobijó mientras escribía el verso eterno.
Ayer se fue la mujer que logró todo eso. Y con ella se va también buena parte de una época en que la poesía, que nunca ha sido necesaria, consiguió parecerlo un poco.


OBITUARIO: 'IN MEMÓRIAM'
Amparitxu Gastón, la mujer que inventó a un hombre


Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Se deja de querer

Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer.
Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.

Se deja de querer, y es como un río
cuya corriente fresca ya no calma la sed;
como andar en otoño sobre las hojas secas,
y pisar la hoja verde que no debió caer.

Se deja de querer, y es como el ciego
que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren;
o como quien despierta recordando un camino,
pero ya sólo sabe que regresó por él.

Se deja de querer, como quien deja
de andar por una calle, sin razón, sin saber;
y es hallar un diamante brillando en el rocío,
y que, ya al recogerlo, se evapore también.

Se deja de querer, y es como un viaje
detenido en la sombra, sin seguir ni volver;
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

Se deja de querer, y es como un niño
que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

Se deja de querer, y es como un libro
que, aun abierto hoja a hoja, quedó a medio leer;
y es como la sortija que se quitó del dedo,
y sólo así supimos que se marcó en la piel.

Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer...

José Ángel Buesa

jueves, 5 de noviembre de 2009

Regala memoria

Al principio y por el título pensé que era una nueva técnica para pararte y venderte algún servicio. Menos mal que es por una buena causa.